Crónica de archivo · Chanel SPRING SUMMER 2025 – Desfile original: Ready-to-Wear presentado en octubre de 2024, Alta Costura presentada en enero de 2025 · Actualizado: julio de 2026
¿Puede el pasado volar hacia el futuro con tweed y plumas?
Año y medio antes de que Matthieu Blazy asumiera la dirección creativa de la maison y presentara su propia visión de Alta Costura inspirada en los cuentos de Perrault y en la infancia de Gabrielle Chanel, la casa francesa celebraba sus 110 años de savoir-faire con una colección que convirtió el Grand Palais en un viaje sensorial entre la historia y el deseo. Corría el invierno de 2025 cuando Chanel demostró, una vez más, que no tiene miedo a mirar atrás para tomar impulso.
Desde el momento en que el primer modelo pisó la pasarela, algo quedó claro: en aquella temporada templada que tiñó la ciudad de luz con pasteles y reflejos metálicos, la elegancia atemporal se atrevió a mutar. Y lo hizo con un lenguaje visual que coqueteaba con la memoria pero bailaba con el presente, con tweed, con camelia, con aviadoras alzando vuelo entre telas que casi no pesaban.

«El futuro no se inventa, se recuerda de otra manera.»
En aquella doble propuesta, Ready-to-Wear y Haute Couture, el tiempo se plegó como un abanico de seda. El viento soplaba desde la cabina de un avión pilotado por una mujer que desafiaba el cielo, pero también desde el escritorio perfumado de Colette, donde las palabras eran armas suaves. Chanel rindió tributo a esas pioneras con prendas que no gritaban, pero sí volaban.

¿Puede una casa de más de un siglo mantenerse moderna sin traicionarse a sí misma? Chanel dice que sí. Con tweed. Con camelia. Con aviadoras alzando vuelo entre telas que casi no pesan.
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«El futuro no se inventa, se recuerda de otra manera.»
La mujer que se vistió para despegar
La colección Ready-to-Wear no fue una oda cualquiera. Fue un manifiesto sin pancartas, tejido con la ligereza del chifón y la precisión de una aguja que conocía bien la historia. Se inspiró en las primeras mujeres que se atrevieron a levantar los pies del suelo, en sentido literal y figurado, esas que no necesitaban permiso para pilotar ni para escribir.

Las siluetas de aquella temporada no fueron decorativas, fueron funcionales con alma poética. Chaquetas de aviador con cuellos Peter Pan que parecían salidas de un diario íntimo escrito en una trinchera, trajes de vuelo que podrían haber vestido a Amelia Earhart si hubiese aterrizado en una pasarela de 2025, pantalones anchos y fluidos que invitaban a moverse como si bailar fuera parte del plan del día. Había algo profundamente liberador en aquel conjunto, como si la ropa no solo cubriera el cuerpo, sino que lo invitara a explorar.

Y luego estaban los detalles: plumas que no pesaban, telas que casi no existían, movimiento constante como una conversación entre amigas. Hubo bolsos, sí, y zapatos que caminaban solos hacia una libertad silenciosa, pero lo que permaneció fue esa sensación de estar viendo a mujeres reales, de carne, alma y vuelo.
«Hay prendas que no visten, elevan.»
Como destacaba en su momento el sitio oficial de Chanel, aquella colección también fue una manera de reescribir el uniforme sin rigidez. Los vestidos con aires de traje, los insertos con forma de corbata, los trajes que no necesitaban coraza para imponer respeto tenían un propósito claro: reinterpretar la autoridad sin abandonar la delicadeza.
Alta Costura o cómo domar el tiempo con una aguja
Y si la línea prêt-à-porter fue un soplo de aire fresco en pleno vuelo, la Haute Couture presentada en enero de 2025 fue el aterrizaje perfecto en un campo de flores bordadas. Porque celebrar 110 años de historia no era cualquier cosa, y Chanel lo hizo con una serenidad que solo da la experiencia, con una colección que pareció cosida al borde de un sueño.
Lo primero que impactó fue el ciclo cromático: comenzó con blancos inmaculados que despertaban como el amanecer, se deslizó por pasteles lánguidos, se calentó con amarillos sol, lilas melancólicos, naranjas rozando lo fucsia, y culminó en los eternos negros y azules medianoche, como si el día entero cupiera en un desfile.
Las formas fueron suaves, lánguidas, casi líquidas. No hubo rigidez. Incluso los vestidos más estructurados parecían respirar. Destacaron las texturas: tweed reinventado con bordados que parecían susurrar, botones tallados como joyas antiguas, plumas que no fueron ornamento, sino gesto.
Uno de los diseños más comentados de aquella jornada —y con razón— fue ese vestido de cintura baja con corpiño bordado y falda plisada, que parecía diseñado para bailar un vals en Marte. Otro, una gasa de seda en tonos pastel con plumas dibujadas con gemas, fue tan ligero que costaba distinguir si se estaba viendo moda o ilusión.
Lo curioso es cómo Chanel logró algo casi imposible: convertir la nostalgia en vanguardia. Aquello no fue un museo andante. Fue arte vivo.
El estilo Chanel nunca envejece, solo cambia de perfume
Lo que unió ambas colecciones no fue solo la paleta o los tejidos. Fue la actitud. Chanel jugó a hacer del ayer un motor, no un lastre. No se trató de rescatar lo vintage como un acto de fe ciega, sino de demostrar que ciertas formas —como las historias de mujeres fuertes, la costura hecha a mano, la sensualidad sugerida— no caducan nunca. Solo cambian de escenografía.
En un mundo que aceleraba sin preguntar, Chanel apostó por lo eterno: la precisión, la emoción, la forma que no se repite pero tampoco se olvida. Como si cada prenda llevara una carta escondida de Coco a la mujer del futuro. Una carta que decía: «Haz lo que quieras, pero hazlo con estilo».
El regreso de la sofisticación sin ruido
En un momento donde la estridencia se confundía con originalidad, Chanel propuso lo contrario: romper con susurros, con texturas que acariciaban más que gritaban. Nada allí buscaba impresionar al algoritmo. Todo estaba pensado para seducir al ojo que mira despacio. Y eso, en pleno 2025, fue casi un acto de rebeldía.
«La elegancia no necesita justificar su existencia, se basta a sí misma.»
«La belleza comienza en el momento en que decides ser tú misma.» (Coco Chanel)
«Quien quiere ver el arcoíris, debe aprender a amar la lluvia.» (Proverbio francés)
Las aviadoras del pasado volaron con plumaje nuevo en aquella pasarela. Tweed, gasa, camelia y plumas se fundieron en una sinfonía visual que no necesitó estruendo. La clave de aquella colección estuvo en el equilibrio entre memoria y deseo.
Y entonces, cuando se apagaron las luces del Grand Palais, cuando la última modelo desapareció entre reflejos y aplausos, quedó la pregunta que sobrevoló todo: ¿puede una casa centenaria seguir dictando el ritmo de lo nuevo sin disfrazarse? Chanel no lo disimuló entonces. Chanel lo bordó.
Año y medio después, esa misma pregunta encontró una respuesta inesperada: en julio de 2026, Matthieu Blazy presentó su propia colección de Alta Costura, «Gaby and the Beanstalk», inspirada no en el archivo de Karl Lagerfeld sino en un ejemplar de cuentos de Perrault hallado en la biblioteca privada de Gabrielle Chanel, probando que la casa sigue encontrando su modernidad en la relectura de su propia memoria.
